INMIGRACION

Historias de New York

La Razón USA
El Air Bus A 300 de American Airlines empezó su lento descenso y los pasajeros obedecieron la orden de abrocharse el cinturón. Pero Junior no lo hizo y una asistenta de vuelo tuvo que acercársele para pedirle que lo hiciera. Con ademanes automáticos, Junior se apretó el cinturón y, por la ventanilla, se puso a contemplar el panorama que abajo imperaba. Corto tiempo después distinguió caminos de tierra y casuchas miserables, por un lado, y por otro una amplia y transitada avenida que jamás había visto.

Al aterrizar la aeronave, Junior tuvo la sensación de que arribaba a una nueva prisión, mucho más inhumana y descomunal que la que acaba de abandonar en New York. Su corazón le golpeaba el pecho como si fuera un martillo y una profunda sensación de desamparo se había apoderado de su espíritu.

Pero antes de pisar nuevamente tierra dominicana, Junior había vivido una de esas cotidianas y tristes historias de las que muchos dominicanos, mexicanos, hondureños, colombianos, entre otros, son protagonistas.

Llegó a la ciudad de New York cuando apenas acababa de cumplir los diez años; y cuando sobrepasó la adolescencia, y a pesar de la constante vigilancia de su madre, que quería que fuera un hombre de bien, Junior terminó contagiado por esa epidemia que arrasó con millares de jóvenes en la ciudad de New York. Corrían los dulces y fatídicos días de finales de la década de los 80. La ciudad permanecía a merced del crimen, de los traficantes de cocaína, de los matones a sueldo, de los que querían fortuna fácil y rápida. Junior también quiso ser parte de la cadena de afortunados que veían cambiar su situación con una rapidez que causaba vértigo; pero no tuvo buena suerte. No obstante un amuleto que le había traído su madre de Baní, de donde eran oriundos, Junior cayó, y lo hizo desde un lugar muy encumbrado.

En principio eran gramos, luego onzas, hasta llegar a los kilos. Al comienzo hacía tratos con muchachos del barrio, a los que trataba como compinches. Hasta que inició el negocio en grande y ya las transacciones no se realizaban en su esquina, sino en apartamentos y lugares destinados para esos fines.

El día que marcó su destino para siempre Junior lo recuerda con mucha nitidez. La noche anterior había estado en un pari y allí se había divertido hasta el hartazgo. No olvida que durante esa madrugada repasó una y otra vez los pormenores de la gran transacción que debía realizar al día siguiente. La haría sólo, como le gustaba. Su jefe conocía su arrojo, su machería, y más cuando se trataba de negocios en los que no podía fallar, por eso le confiaba estas delicadas operaciones.

Pero al día siguiente los astros actuaron en su contra. Cuando intentaba realizar la operación, los compradores quisieron pasarse de listos y no tuvo más opción que llevárselos de paro. Eran dos y a ambos los dejó por muertos. Estaba en un tercer piso del Bronx y cuando presuroso bajaba por las escaleras fue sorprendido por los policías que le seguían.

Veinte kilos en su poder y dos heridos que por suerte sobrevivieron fueron suficientes para que un juez lo condenara a 30 años de prisión. Pero sólo hizo veinte.

Cuando ingresó a la cárcel tenía veinte años. Al cumplir los cuarenta lo deportaron hacia República Dominicana. Su madre ya había muerto.

Ahora Junior iba en guagua rumbo a Baní en donde no tenía a nadie, a ningún familiar cercano o amigo. Sus hermanas también vivían en New York.

Cuando se enteró de que habían llegado a la ciudad, en medio de un apagón general, su primer impulso fue de salir huyendo. Pero no sabía hacia dónde. Se sentó en un banco del parque en el que luego se quedó dormido. Un tiempo después despertó con el cuerpo empapado. Había llovido. Su cabeza era una gran confusión.

Echó a andar en medio de la noche, sin rumbo fijo, hasta que el amanecer lo sorprendió.

Ese brillante sol que altanero emergía por el oriente no fue capaz de disipar un poco las tinieblas que arropaban su corazón.
La Razón