VOCES

La violencia y las medusas
 

Emilia Pereyra

Con cierta frecuencia, escuchamos decir a mucha gente que está preparada para la muerte, para vivir su propia partida o para ser testigo del deceso de sus seres queridos.

Sin embargo, no es verdad. Pocas personas están listas para soportar con ecuanimidad la desaparición de un ser querido o para constatar que poco a poco la savia vital abandona su propio cuerpo y que va aún sea al paraíso prometido.

La muerte nos conmueve. Nos deja demudados, fuera de nuestro centro, sobre todo si acontece aviesamente, cuando menos esperamos su llegada. Por eso, causa gran dolor e ira la expiración originada por la violencia, por la fechoría voraz.

Con cierta periodicidad, la sociedad dominicana vive oleadas de indignación debido al luto que provoca la creciente delincuencia, y en los últimos días parte de la sociedad se ha levantado para repudiar el hecho de violencia que segó la vida de Vanesa Ramírez, la joven universitaria asesinada en Santiago.

Por insólito que parezca, en este país, otrora un remanso de seguridad, la vida puede perderse por llevar un teléfono celular en la mano o por calzar un par de "tenis". Los impiadosos delincuentes que azotan calles y plazas son animados a cometer sus delitos por cualquier bagatela que lleve su eventual víctima.

¿De dónde nace tanta saña? ¿Por qué los jovencísimos delincuentes no se conforman sólo con robar y disparan a matar no importa que su víctima sea un anciano o una chica esplendorosa, como fue Vanesa?

Tenemos entre nosotros a una generación que se ha levantado en medio de la penuria material y afectiva. Y carece no sólo de la posibilidad de hacerse de una profesión, sino de valorar la existencia del resto de sus semejantes. Matar no es para esa gente un crimen. Es una forma de vida. Un modo de ejercer poder.

Hablamos de personas que abrevan en el fango, se han nutrido de las formas más descarnadas de violencia y están copiando métodos criminales de las maras salvatruchas, esas pandillas de ladrones, drogadictos y asesinos que han extendido sus tentáculos por Latinoamérica y han provocado graves daños en los Estados Unidos. De acuerdo a cifras de este 2006, existen ochenta mil pandilleros en Centroamérica. Todavía no sabemos cuántos tenemos entre nosotros.

Da pavor pensar que por nuestras calles caminan impávidamente esos "homeboys" que se entregan a la vida criminal y loca. Sí, de alguna manera son versiones criollas de las temibles maras que se reproducen como las medusas.

Emilia Pereyra es
periodista y escritora.
empereyra22@yahoo.es