|
EDITORIAL
Irak: La guerra que todos estamos perdiendo
Desde una perspectva humanista, en toda guerra hay vencidos y vencedores, pero nunca ganadores. La guerra que se lleva a cabo en Irak no podía ser la excepción. Y más con resultados tan atroces como los que ha deparado esta cruenta matanza, impulsada por la irracionalidad con que siempre nos hemos conducido los seres humanos.
Cuando en el año 2001 las autoridades de los Estados Unidos decidieron lanzar una ofensiva para desbandar al régimen Talibán, que se caracterizaba por apoyar, proteger, financiar y promover el terrorismo junto a Osama Bin Laden y su demoníaco grupo Al Qaeda, la mayoría de países estuvieron de acuerdo en que esta acción era necesaria, y más después de los dolorosos ataques que sufrió la nación por parte de esta horda de desalmados. Sin embargo, con Irak no sucedió lo mismo. Países como Francia, Alemania y otros no menos importantes reprobaron la iniciativa del presidente Bush y su equipo. Y los hechos han demostrado que tenían razón.
Los argumentos usados para lanzar la invasión se fueron desmoronando uno a uno y se comprobó que no había muchas justificaciones para lanzarla. Por aquellos días, para justificar la guerra, se nos prometió un mundo más seguro, con menos terror. Y no ha resultado así. Hoy no sólo tenemos un mundo más inseguro, sino que estamos siendo víctima de una brutal escalada alcista de los precios del petróleo, que impacta de manera negativa nuestro diario quehacer. Hoy, el catastrófico saldo de esta matanza conmueve a todo hombre o mujer con un poco de sensibilidad. En la actualidad, el propio presidente Bush ha dicho que una guerra civil en Irak parece inminente y para otros ya hace tiempo que comenzó. Porque lo que hoy acontece en ese milenario escenario no es más que una sangrienta carnicería entre hermanos. Los Iraquíes comunes, esos que sólo creen en Alá y que quieren trabajar y vivir en paz, han sido víctimas, primero de una ofensiva descomunal que ha devastado sus viviendas, sus escuelas, sus templos, sus estadios, sus puentes, en fin, de todo su hábitat; y en la actualidad sufren las consecuencias de viejas rencillas étnicas, que han encontrado en el caos un terreno muy fértil en donde desarrollarse.
Esa primera intención de derrocar al implacable Sadam Hussein ha devenido en una gran masacre, en un filme de horror que se exhibe con impudicia ante los ojos de unos espectadores cuya capacidad de asombro parece haberse agotado. Esos coches bombas que, como regalos malditos, hacen estallar a diario chiítas y sunitas son una demostración irrefutable de que la guerra lanzada contra Saddam Hussein y su régimen de oprobio se ha salido de su cauce y que ahora nadie tiene idea de cómo terminará.
El presidente Bush está preocupado por el rumbo de los acontecimientos en Irak, o de lo que queda de éste, y dice que resultaría fatal para el mundo libre una derrota de las fuerzas de intervención y sus aliados. Lo que el presidente Bush no quiere reconocer es que aquella acción lanzada por su gobierno hace un tiempo en Irak es una de las más descabelladas que recuerde la historia reciente y que pesará como un gran ariete en su gobierno, que será un fardo muy oneroso en su hoja de servicio como presidente de esta gran nación.
A raíz de los resultados, el presidente Bush debería admitir que esta guerra ya está perdida, pero que no sólo la ha perdido él, su equipo y sus aliados, sino toda la humanidad, una humanidad que necesita respiro, que necesita menos odio, que necesita más energía para luchar por un mundo menos convulso, menos desigual. Por un mundo más habitable para la mayoría.
Ver Mas . . . .
Los depredadores: se comen a Latinoamérica |
|
|