Los asaltantes

La propietaria del restaurant El rincón de los placeres estaba contando el dinero de la venta del día cuando los dos asaltantes entraron al lugar. Un letrero de cerveza Presidente lanzaba un haz de luz verdosa sobre su rostro y le confería un aire fantasmal. Y aunque era hora de cerrar, fue a atender a los que imaginaba dos parroquianos comunes. Los hombres vestían ropa casual y no tenían mala pinta.
El Rincón de los Placeres tenía fama por las atenciones personalizadas y exquisitas de su propietaria, que era graduada en mercadotecnia y estaba siempre muy atenta a las sugerencias de la carrera. La gente hablaba maravillas de la cocina y de la propietaria del lugar. La jefa siempre tenía una sonrisa en los ojos y los labios para todos los clientes, principalmente para los hombres, que siempre salían del lugar con la impresión de que ella estaba loca por ellos.
Minutos antes, en otro sector de la ciudad, los asaltantes habían desvalijado la caja registradora de un Mcdonals, ya que tenían predilección por el dinero untuoso y porque en estos lugares la vigilancia no era muy estricta. Y aunque habían decidido que no se detendrían en el lugar, que harían el trabajo y se irían a disfrutar de los beneficios del asalto a una zona lejana, cuando uno de los asaltantes vio a la propietaria del restaurant rompió su promesa y se sentó a una mesa. Aquel elegante porte impactaba de inmediato.
Su compañero, para no levantar sospechas, se hizo el desentendido, aunque echaba un fuego por los ojos que solo quemaba a su compinche.
-Soy Teresa-le dijo la mujer cuando se acercó a servirles.
-Teresa, bonito nombre-dijo uno de ellos-Cuando estaba en la universidad leí dos novelas en las cuales la protagonista se llamaba Teresa.
-¡Qué interesante!-dijo Teresa- Siempre he querido ser protagonista de una novela o una película.
Lo dijo sin sospechar que ya desempeñaba un papel de primer orden en la tragedia que en ese instante se gestaba. Tampoco sabía que en verdad aquel hombre había leído las obras de que hablaba, pero no en los tiempos de estudiante, sino en su última estadía en la cárcel, en la que había estado dos años tras cometer un asalto a los pocos días de haber llegado deportado desde New York.
-La mejor de las dos se llamaba Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, y la otra La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera-añadió el asaltante.
-Anotaré esos títulos, para comprarlos-le dijo Teresa. ¿Qué van tomar?
-Quiero un vino tinto español, gran reserva- dijo el asaltante aficionado a la literatura.
Su compañero lo miraba, envuelto en una estela de ira, y de vez en cuando, por debajo de la mesa, se arreglaba la pistola que llevaba debajo de la camisa.
-Le recomiendo un salmón ahumado, noruego, para que acompañen un vino de esa categoría-le recomendó Teresa, creyendo que estaba atendiendo a los mejores clientes del mes.
Mientras Teresa descorchaba el vino y en la cocina preparaban el salmón, uno de los asaltantes le dijo al otro:
-Eres un baboso, hemos venido a robar y te has sentado como si fueras un gran señor. Pero si la cosa se jode por tu culpa, prepárate.
-Todo va salir bien, mientras más tarde, mejor. Tal vez lleguen otros clientes y ahí mismo los aprovechamos.
-Los cálculos a ti siempre te salen mal; por eso nos agarraron en New York, por andar de confianzudo y porque te gusta desafiar a la suerte, con tu complejo de James Bond.
-Tranquilo, viejo. Hoy es un buen día, lo sé.
Teresa los interrumpió.
-Les recomiendo que dejen refrescar este vino, que no sabe bien a temperatura ambiente.
-No se preocupe, Teresa, sírvalo así y ponga a refrescar el próximo.
El asaltante que no hablaba con Teresa le cortó los ojos al otro y Teresa lo notó.
-No se preocupe, querido, estos vinos, a pesar de su calidad, no son nada caros, siete mil pesos apenas.
La cifra los punzó en el bolsillo.
-Siéntate-le dijo el literato a Teresa.
-Un rato, porque no hay clientes, a estas horas acostumbramos a estar cerrados, al menos que no haya clientes importantes, como ustedes.
Primero, Teresa se sirvió una copa y brindó con los asaltantes y en varias ocasiones miró la hora, como si a esa hora esperara por alguien. Pidió permiso para ir a la cocina.
Adentro, le dijo al cocinero:
-Pedro, sé que es hora de cerrar, pero tengo dos clientes que nos van arreglar el día, te voy a dar una buena propina para que trabajes a gusto. Y saca las langostas más grandes, que eso es lo que les voy a sugerir a la hora de ordenar.
Retornó, se sentó a la mesa, y miró de nuevo el reloj. Acabando de sentarse entraron dos clientes, un hombre y una mujer. Teresa pidió consentimiento a los asaltantes y fue a atenderlos.
-Estoy harto de tus payasadas. Hace rato que debimos haber partido de aquí. La cosa puede complicarse-le dijo el asaltante preocupado.
-Tranquilo, socio. La vida no se puede llevar con tanta prisa. A fin de cuentas, el dinero que robamos es para divertirnos con él, para gozar. Ahorita estaremos con dos chicas, con más dinero en la cartera y al reventar de vinos caros, salmón, filetes y camarones.
Teresa estuvo unos instantes tomando la orden a los nuevos clientes y después fue a sentarse a la mesa de los asaltantes. Sorbió de la copa y con elegantes movimientos cruzó las piernas y les preguntó a los dos hombres:
-¿A qué se dedican ustedes?
Los asaltantes cruzaron miradas y fue el literato quien tomó la palabra:
-Somos funcionarios del gobierno. Yo trabajo para la presidencia de la República y mi amigo para el Banco Central.
-¿Me dejarían sus tarjetas? Ustedes saben, hay que cultivar buenas relaciones, en este país nunca se sabe.
-Muy bien, las mías las llevo siempre en la gaveta del carro. Y tú, ¿llevas en la cartera?
-Se me terminaron- respondió el otro asaltante.
-No importa, sé que seguirán frecuentando este lugar, y más cuando prueben una langosta en salsa de albahaca que prepara nuestro cocinero.
-Yo pensaba ordenar unos camarones a la criolla y un filete a la pimienta-dijo el asaltante hablador.
-Perdonen que insista, pero no se arrepentirán si ordenan la langosta-les dijo Teresa.
-No hay problemas, también podemos ordenar las langostas. Los jueves acostumbramos a cenar fuera y lo hacemos como reyes.
Entonces Teresa miró al reloj y les tomó la orden a los asaltantes. Se veía feliz, hacia mucho que no recibía clientes tan espléndidos. Cuando los dos asaltantes se quedaron solos, el que estaba en contra de su voluntad en el lugar, le dijo al otro:
-Si no lo quieres hacer, lo haré sólo, pero ya me voy.
-¡No seas patético! Disfruta de este momento, y olvídate del trabajo por unos minutos. Es más, te propondré la resolución de un rompecabezas de cuatro letras, y si adivina de qué se trata, tú ganas, asaltamos el lugar de inmediato y nos largamos.
-No estoy para jueguitos, así que deja de joder.
-Es fácil, son cuatro letras, cuatro T, adivina qué quieren decir.
El asaltante que había leído a Juan Marsé y Milan Kundera estaba alegremente excitado por el vino gran reserva que bebía a grandes sorbos. El otro estaba angustiado y nervioso.
-Las cuatro T significan Tremendo Trasero Tiene Teresa-dijo y dejó estallar una carcajada que hizo que los otros dos comensales miraran hacia su mesa.
Pero no bien acababa de retomar la compostura tras la ocurrencia de las cuatro T cuando sucedió lo inesperado: tres nuevos clientes ingresaron al lugar. Pero no eran tres parroquianos comunes. Eran dos oficiales de la policía y una mujer. Los dos hombres y la mujer saludaron efusivamente a Teresa, que parecía tener confianza con ellos.
Teresa les dijo a los recién llegados:
-Acompáñenme, que quiero presentarles a dos amigos que acabo de conocer hoy.
Los cuatro se trasladaron hasta la mesa de los asaltantes, que se habían convertido en estatuas de piedra.
-Este es mi novio Antonio Salgado, coronel de la policía; este es Alfredo Grullón, capitán de la policía y esta es Ernestina, la novia de Alfredo. Estos dos amigos trabajan para el gobierno, uno en la presidencia de la República y otro en el Banco Central.
-Encantado-dijo el coronel.
-Mucho gusto-dijo el capitán.
-Es un placer conocerlos-dijo Ernestina.
-El placer es nuestro dijo-el asaltante hablador, ahora con un semblante ensombrecido-Pueden sentarse, si gustan.
-No, gracias, dijo el coronel. Hemos venido por Teresa, para irnos por ahí. A mover un poco el esqueleto. Si quieren, pueden acompañarnos.
-Probablemente-le dijo el asaltante.
Los oficiales y la mujer se sentaron a escasas mesas de los asaltantes. Era un lugar bastante pequeño.
Tras servirles unas cervezas a sus amigos, Teresa escuchó el timbre de la cocina y fue a retirar la orden de la cena de los asaltantes. Les llevó dos langostas gigantes en su caparazón y al lado el aderezo a base de ajo y albahaca. Además de dos filetes y dos platos de camarones.
Ante la nueva situación los asaltantes habían perdido el apetito.
-Buen provecho-les dijo Teresa-¿Les traigo otra botella del gran reserva?
Ya habían consumido tres. Y el asaltante literato, que ahora no ocultaba su preocupación, le dijo que ya estaba bien, que tal vez después se animaban.
Cuando Teresa se sentó con su novio y sus amigos, en voz baja, el asaltante preocupado le dijo al otro:
-Ahora soy yo quien te va a proponer la solución de un rompecabezas.
-¡Cállate, estúpido!
-Todas las veces que hemos fracasado ha sido por tu culpa, hoy también sucederá lo mismo.
Los asaltantes no encontraban la forma de empezar a comer, pero viendo que era necesario guardar las apariencias, se decidieron por iniciar la ingestión de aquellos manjares que en principio pensaban incluir en el botín de la noche, pero que ahora no estaban tan seguros de que así fuera.
-Dime ahora cómo vas a resolver el enigma-Le dijo el asaltante al otro.
-Cuando se vayan los clientes, encañonaremos a los dos oficiales, les pondremos las esposas, les quitamos las armas y las prendas, tomamos el dinero de la caja y nos largamos.
-Muy bonito. Un aplauso. Te dije que dejaras de estar tentando al diablo y no me hiciste caso, resuelve ese rompecabezas ahora. Y recuerda que si las cosas no salen bien, a ti debe irte peor que a mí.
-No sigas amenazando, que no te tengo miedo.
Teresa interrumpió tan interesante y amistosa conversación cuando se acercó a la mesa.
-¿Van a ordenar algún postre?
Entonces entendieron. Ya debían pedir la cuenta, que es lo que significa esta pregunta en muchos restaurantes y a ciertas horas.
El hombre y la mujer que habían llegado después de los asaltantes pagaron la cuenta y se marcharon. Ya el golpe resultaría más pequeño.
Los asaltantes apenas probaron los platos y Teresa les dijo que si querían ella les preparaba los restos para llevar.
-Gracias-dijo el que trabaja en la Presidencia de la República.
-Me van perdonar-les dijo Teresa en tono fingidamente triste-Es que tenemos que cerrar. Mi novio y mis amigos vamos ahora a una fiesta. Y aquí, por lo general, cerramos a las once y ya son las doce.
-Está bien, la entendemos, tráiganos la cuenta.
El asaltante que hablaba de literatura sudaba a chorro. Manoséo la pistola que llevaba escondida en debajo de la camisa y le hizo una seña a su compañero.
-No me arriesgo por tan poca cosa. No me voy a pasar tres años en la cárcel por unos centavos. Mucho te lo advertí y no me hiciste caso. Paga la cuenta, mañana será otro día y tal vez nos vaya mejor.
En ese instante Teresa llegó con la cuenta. El asaltante que leía novelas la examinó y un haz de asombro se le posó en el rostro. Debían treinta y dos mil quinientos pesos. Recordó que en el asalto a Mcdonals apenas habían conseguido treinta y dos mil. Tenían un déficit de quinientos pesos. Sacó los billetes de uno de sus bolsillos y los contó con manos seguras. Efectivamente, faltaban quinientos pesos.
Entonces el otro asaltante sacó un billete de mil pesos y lo puso encima del paquete. Era un billete nuevo, pero muy doblado, era el llamado billete de la vergüenza.
-Quédese con el cambio-le dijo a Teresa.
-Gracias-le dijo ella.
Los asaltantes se pusieron de pie, saludaron con mucha cortesía a los oficiales y a la mujer, y Teresa les dio un beso en la mejilla a cada uno. De inmediato salieron.
Mientras cerraba la caja registradora para partir del lugar, Teresa le comentó a su novio:
-Con varios clientes de esa categoría, El Rincón de los Placeres crecería como la espuma.
Terminando Teresa de pronunciar aquella expresión, a corta distancia se escuchó un disparo. Salieron presurosos del lugar y a unos cincuenta metros encontraron a uno de los asaltantes tirado en la acera, que agonizaba.

Luis R. Santos
La Razón USA