El valor de un sueño

Mi hermano Apolinar nació en los setenta, en un campo de la provincia de Santiago, y pertenecía a una generación cuyo máximo anhelo consistía en emigrar a New York y allí establecerse para hacer fortuna de la forma que fuese, y luego venir a disfrutarla en el país.

Sus amigos empezaron a emigrar cuando aún eran niños y adolescentes y tras un período residiendo allá volvían convertidos en hombres atractivos, que engatusaban a las mejores muchachas de la vecindad, que también querían alcanzar el sueño americano.

Llegaban con sus cuellos relucientes y sus carteras satisfechas. Rentaban autos por semanas y hasta por meses, bebían whisky escosés y eran generosos con los que se habían quedado, a los que traían tenis Nike último modelo o el jean Pepe o Tmmy del momento. A los tíos y abuelos y a otros ancianos les daban algunos billetes que estos recibían con profunda y amable complacencia; pero también provocaban sueños y envidias en los que aún no habían logrado alcanzar el paraíso. Mi hermano estaba entre los desdichados.

Como no quiso estudiar, esperanzado en emigrar al igual que sus compañeros de infancia, Apolinar la pasaba de horror. Se resistía a realizar las tareas productivas para las que estaba capacitado, alegando que no valía la pena afanarse en un trabajo por el que te pagaban unos pocos pesos hediendos.

Se había juntado con una muchacha que le había mal parido tres hijos y con impaciencia languidecía en espera de la oportunidad de emigrar. Pero esa oportunidad no llegaba y en varias ocasiones, jovialmente, nos había prometido suicidarse si no le conseguíamos una visa, sino gestionábamos su forma de alcanzar su gran meta.

Aducía entonces que este país estaba hecho sólo para las tres P: peloteros, putas y políticos.

Así que forzado por sus chantajes decidí diligenciarle una visa, la que sabía que era muy difícil de conseguirle, pues, no calificaba para tales fines. Y un día él, acicateado por su gran necesidad, que dicen que es la madre del ingenio, me propuso lo siguiente: oye, Luis, y si vamos al consulado y fingimos que soy sordomudo, y  tú le dices al cónsul que la familia me quiere llevar a ver un especialista allá, ¿qué tal?

Y a mí, que andaba para esos días casi sin oficios y falto de alguna aventurita, me pareció genial su idea. Pero en vez de alegar que quería llevarlo a ver a un médico, decidí abordar el asunto de manera distinta, decidí apelar a la magia de los sueños.

Empezamos el proceso burocrático y concomitantemente las prácticas para que mi hermano normal se convirtiera en sordomudo. Como teníamos un hermano que en verdad sí era dueño de la desgraciada condición, le fue fácil imitar a un sujeto que padece de estas deficiencias.

Pasábamos largas horas ensayando y al paso de los días ya Apolinar parecía más sordomudo que el verdadero.

La fecha de la cita con el cónsul se nos precipitó y partimos hacia la capital detrás de su gran sueño, de un sueño que valía más que su vida.

La cita era a las diez de la mañana y media hora antes le di a tomar una pastilla de Diocam, una droga que sume a la gente en un estado de idiotez rotundo.

Apolinar estaba calmo mientras esperábamos a que ese severo juez llamado cónsul nos llamara para la entrevista. En esa especie de laberinto que es la sala de espera del consulado de los Estados Unidos vi a muchos dominicanos que estaban allí en busca del milagro. Vi mujeres y hombres que se les notaba que, si les permitían ingresar al gran país del norte, jamás volverían a pisar tierra dominicana. Como era el caso de mi hermano, que decía que sólo necesitaba una visa de cinco horas.

Cuando nos llamó el cónsul y nos pidió los documentos se los entregué y él los examinó.

Aclaré que, en virtud de la condición de discapacidad de mi hermano, estaba allí en calidad de representante suyo.

No llevaba mi hermano carta bancaria ni título de propiedad de inmuebles ni de automóviles ni carta de trabajo. Solo teníamos palabras. Palabras que yo esperaba que resultasen conmovedoras.

El cónsul nos miró y nos dijo que cual era el motivo por el que el señor Apolinar solicitaba visa para viajar a Estados Unidos.

El motivo es un sueño suyo, le respondí.

Pero su hermano no califica para recibir una visa, me informó el señor cónsul. Y yo, que estaba preparado para rebatir ese alegato, le dije:

No quisiera entrar en contradicciones con usted; pero le aseguro que mi hermano sí califica para recibir ese visado. Y primero le daré las razones económicas que sustentan mi aseveración. Su pasaje, su estadía y todos sus gastos serán cubiertos por nosotros, sus hermanos y sus padres. En lo referente a su condición quisiera que tomara en cuenta estas palabras: si usted fuera sordomudo y su gran sueño en la vida fuera visitar determinaba ciudad, ¿Cuánto estaría dispuesto a pagar por ese sueño? ¿Cuál sería la obligación de su familia para ayudarle a materializar su sueño?

Mi hermano seguía mi exposición con gran interés, pero meneaba la cabeza como un perro feliz cuando ve acercarse al amo y continuaba desempeñando con maestría su papel de sordomudo.

Continué con mi exposición, ante la mirada atónita del cónsul: este hombre, señor cónsul, ha sido víctima de una injusticia por parte de la naturaleza, que de manera antojadiza le ha privado de dos de sus sentidos. Por eso no puede disfrutar de una conversación con sus seres queridos, no puede escuchar el trino de las aves al despuntar el alba, no puede disfrutar de una sinfonía de Mozart y lo peor, por lo que más sufre, no puede decirle te amo a una mujer. Este hombre, que no ha podido disfrutar de las cosas hermosas de que usted y yo hemos disfrutado, solo tiene un gran sueño: conocer a New York, lugar que sus amigos de infancia le muestran a través de postales y el que ha visto a través de la pantalla de la televisión. Y lo más importante: la ha soñado infinidad de veces, porque nosotros, que le entendemos cuando se comunica a través de señas y ademanes, hemos interpretado correctamente esos sueños.

El cónsul seguía anonadado, y yo sorprendido de que él me hubiera permitido semejante perorata.

Tras unos instantes de expectación el cónsul hizo algunas anotaciones en la solicitud de visado. Y nos dijo:

Le daré una visa de tres meses para que su hermano pueda realizar su sueño. Pueden pasar esta tarde a las tres a retirar el pasaporte.

Y a mi hermano, al oír las palabras del cónsul, se le olvidó que era sordomudo y exclamó con entusiasmo:

¡Por fin me voy a ir de esta mierda de país!

Y yo, que había entendido la magnitud de la metida de pata de mi hermano, exclamé:

¡Es un milagro, la alegría lo ha hecho hablar!

Entonces el cónsul me llamó y me dijo:

-Conque sordomudo, ¿eh?, qué gran charlatán es usted.

Y nos devolvió el pasaporte en el que iban a estampar la visa.

Compungidos salimos de allí. Él pensando en suicidarse por la estupidez que acababa de cometer y yo porque me habían arruinado una actuación digna de mejor suerte.

Luis R. Santos
La Razón USA

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