
Pongamos, por ejemplo, a un joven
rico y con una agenda social
realmente apretada. Vive en una
mansión de Beverly Hills en la que
no falta nada. Un día normal para él
consiste en despertarse, hacer unos
largos en su piscina privada de
tamaño olímpico, quemar la tarjeta
de crédito en las mejores tiendas y
acabar el día en una fiesta en la
que sólo hay gente guapa e igual de
adinerada.
Pero algo raro le ocurre porque,
cuando regresa a su casa y se va a
la cama, descubre que está deprimido.
Tanto, que es muy probable que
cometa alguna estupidez que acabe
salpicando las portadas de las
revistas.
¿Qué le pasa a esta gente? Ésa es la
pregunta que todos nos hacemos.
Porque creemos que no es posible que
alguien que lo tiene todo se sienta
tan vacío, tan desesperado. Pero
esto es así en muchos casos.
Narcisismo
Varios estudios han demostrado que
el narcisismo es un trastorno mental
tradicionalmente vinculado al
comportamiento de las celebridades.
Sobre todo en las mujeres, que a
menudo suelen puntuar más alto en
los test que lo miden. Curiosamente,
siempre se ha pensado que la
personalidad narcisista era un
concepto maniqueo: se tenía o no se
tenía. Ahora, en cambio, se sabe que
existe un Desorden Narcisista de la
Personalidad Adquirido.
Esta enfermedad emocional fue
catalogada en 2002 por el doctor
Robert B. Millman, profesor de
psiquiatría de la Cornell Medical
School. Pero no debe ser confundido
con la personalidad narcisista a
secas, ya que entre ellos hay una
diferencia muy importante.
El narcisismo –o aires de grandeza
desmesurados– es una disfunción
orgánica que se manifiesta en la
infancia o la adolescencia. Pero la
personalidad narcisista adquirida
sólo aparece cuando la persona en
cuestión ha alcanzado unos niveles
estratosféricos de fama y poder.
De acuerdo con Millman, no sólo
afecta a los famosos que aparecen en
las revistas, sino también a
personas con una cuenta bancaria
envidiable –sobre todo millonarios y
políticos–, que están convencidos de
que su poder y su agenda de
contactos les hacen inmunes a
cualquier cosa.
Los síntomas los vemos a diario en
el comportamiento de algunas
estrellas: ausencia de empatía,
fantasías de grandeza, una excesiva
necesidad de aprobación por parte de
los demás y un comportamiento auto-destructivo,
peligroso o, simplemente, alocado.
El doctor Millman, entre cuyos
pacientes se encuentran algunos de
estos famosos, asegura que muchos de
sus pacientes llegan a su consulta
completamente mortificados por su
fama. Su estatus puede hacerles
sentir desde depresiones a pura
paranoia al pensar que la gente de
su círculo de amistades les utiliza
para cumplir sus sueños de grandeza
y riqueza. Como viven inmersos en
esa burbuja, rodeados de una
idolatración permanente, según
Millman no son capaces de entender
las consecuencias reales de su
comportamiento, y "por eso se meten
en problemas", asegura.
"Nosotros pensamos: ¿Son estúpidos?
¿Cómo pueden hacer esto? Yo creo que
la respuesta está en que son
personas tan centradas en sí mismas
que no prestan atención a los
riesgos. No se dan cuenta de que hay
gente ahí fuera que puede hacerles
daño". Así, esta gente comete
extravagancias de todo tipo. Como
los sonados problemas con la
justicia de Britney Spears. O los
casos de adicción de Lindsay Lohan y
Amy Winehouse. Macaulay Culkin,
Michael Jackson, Kurt Cobain, Winona
Rider, Heath Ledger... La lista
podría ser interminable y conlleva
el agravante de que este tipo de
conducta se acentúa cuanto más joven
es el artista.
Falta de madurez
En ellos existe, además, "un
problema de madurez que les impide
ser capaces de asimilar los cambios
que produce la fama", explica el
psicólogo social Guillermo Fonce. Si
les asalta cuando su personalidad
todavía no está formada, lo normal
es que no sean capaces de "relativizar
lo que ocurre y seguir con su
entorno más cercano, aunque sean
famosos y tengan mucho dinero".
Para la psicóloga clínica Elena
Borges, el fenómeno también está
relacionado con la cultura del éxito
inmediato: "Da igual que seas joven
o mayor, porque de una mente ociosa
no puede salir nada bueno. Esta
gente se queda en una vida muy
superflua, intensa y corta, y esta
postura hedonista no cumple con el
amplio espectro que debería tener el
ser humano".
A menudo estos chicos "no han subido
los escalones psicológicos que tiene
que atravesar la persona en las
diferentes etapas de su vida", dice
Borges. Al saltárselos, su única
cura consistiría en "volver
atrás y reandar las etapas que se
han saltado", explica Fonce. Pero es
un camino difícil, que la persona
tiene que recorrer de motu
proprio y, desde luego, antes de
que sus excesos les pasen la última
factura.