Las bodas de antes

Los pueblos tienen costumbres y tradiciones que con el tiempo empiezan a perderse; es lógico que esto acontezca porque las sociedades evolucionan en todos los aspectos. Y como afirmara el filósofo Demócrito, todo se mueve, todo fluye, nada permanece estático.

En República Dominicana casi todos recordamos el encanto que entrañaban las celebraciones de las bodas en nuestras comunidades. Era un acontecimiento del que se hablaba durante los días previos y todo el mundo estaba pendiente del día de la ceremonia.

Pero las bodas más importantes y sonoras eran aquellas en las que intervenían las familias más adineradas de la comarca; el hecho de que se fuera a casar la hija de un hacendado o un ganadero implicaba que la parranda sería más extensa, que el jolgorio abarcaría a un mayor número de invitados, y que la comida y la bebida serían más abundantes.

Previo a la celebración de la boda, la noche anterior, se celebraba lo que se conoce como "La Víspera". Durante esa celebración se bebía, se comía, se bailaba, y la novia estrenaba un vestido para la ocasión. Esta celebración era muy limitada y apenas participaban los más cercanos al entorno de los novios.

Recuerdo que cuando era adolescente en mi comunidad de entonces, en El Caimito, La Vega, se casó una muchacha que se llamaba Mirian. La recuerdo como a una atractiva joven que había sido criada por sus abuelos paternos, Mamaro Grullón y Patricia González, y durante la celebración de La Víspera, Don Mamaro se pasó de tragos y en varias ocasiones le ordenó a un trío que amenizaba la fiesta que le repitieran la canción "La Pelota de Oro", haciendo alusión a una canción que decía: te voy a mandar hacer una corona de oro, porque tu eres la princesa…

La celebración de una boda en nuestros campos entrañaba la llegada de gente de todas las comarcas cercanas, que se creían con derecho a participar de las festividades aún no hubiesen sido invitadas. Ahora las bodas, en su mayoría, son celebradas en clubes de la ciudad, con muy pocos invitados y con este método se ha dejado fuera a los paracaídas o autoinvitados. A mí no me hace daño afirmar que no me perdía una boda cercana a mi campo, aunque casi nunca estuviera invitado. Estas eran, además, ocasiones que uno tenía para echarle el ojo a las muchachas e intentar un levante.

Estas bodas, en muchas ocasiones, constituían la entrada informal de muchos adolescentes al mundo del alcohol; como no había que comprarlo, muchos aprovechaban para darse sus traguitos y al final de la jornada eran muchos los que habían tenido que arrimarse a un árbol o una cerca de vomitar.

Antes, en esa sociedad nuestra tan machista, algunas familias, después de pasado el estruendo de las fiestas, sufrieron el escarnio público que provocaba el que le devolvieran una novia porque no era virgen, señorita, como se les decía. Esto provocó incluso el suicidio de algunos patriarcas que no podían aguantar tanta vergüenza. Hoy la situación ha cambiado tanto que casi a ningún novio le importa que su nueva consorte haya tenido relaciones antes del matrimonio, y es que ya las muchachas de las zonas rurales tienen grandes facilidades para hacer lo que se les plazca, por no hablar de las de las ciudades.

Con el matrimonio de antaño también se han ido perdiendo esas parejas que celebraban sus bodas de oro y que realmente eran uniones que en su mayoría solo la muerte las disolvía. Hoy los índices de divorcio son elevadísimos y vivimos en una sociedad de madres solteras e hijos sin padres.

Las bodas de antaño eran tan espectaculares como las bodas que a veces protagonizan las celebridades de Hollywood. Lástima que ya casi no se celebran.

La Razón USA